El pesebre Compartir
La tradición de los pesebres vivientes fue iniciada por San Francisco de Asís en Italia. Fue más tarde cuando se convirtieron en las famosas figuritas de Belén que hoy conocemos. Por cierto, el típico pesebre que adorna nuestras casas en Navidad está basado en el evangelio apócrifo (no oficial) denominado Pseudo Mateo.
La tradición cristiana da por cierta la suposición de que el nacimiento tuvo lugar en alguna de las muchas cuevas calizas que existen en las cercanías de Belén. En concreto, en una cueva que tenía por todo mobiliario un pesebre, es decir, un lugar destinado a que coman los animales. En este contexto de pobreza, y en pleno invierno, tiene sentido la entrada en escena del buey y la burra, animales útiles para el transporte y que con su aliento calentaron devotamente al niño Jesús.
En los primeros pesebres, José aparecía como un hombre joven, fuerte y sin barba. Pero con el tiempo se le hizo envejecer y se le dió un aspecto honrado pero cansino, con poco vigor, para que nadie dudara de la proclamada virginidad de María.
Siglos después del nacimiento de Jesús, los teólogos intentaron datar exactamente su fecha basándose en los textos de los Evangelios. Propusieron distintos días en diferentes meses (enero, marzo, abril, mayo) y años, que iban entre el 9 y el 5 antes de Cristo.
Finalmente, durante el pontificado de Liberio (352-366) se decide fijar el natalicio de Cristo el 25 de diciembre, fecha en que todos los pueblos festejaban la llegada del solsticio de invierno, un culto muy popular y extendido al que los cristianos no habían podido vencer o prescribir hasta entonces. Las iglesias orientales siguieron y siguen festejando la Navidad en enero.



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